martes, 25 de octubre de 2022

El poeta Francisco Fortuny, por Miquel de Palol

 La República setembre-octubre 2022


«O frate», disse, «questi ch’io ti cerno/ col dito», e additò un spirto innanzi,/ «fu miglior fabbro del parlar materno», diu il Dante d’Arnaut Daniel, sembla que inventor de la sextina, i segles més tard T.S. Eliot se n’apropia per aplicar-ho a Pound. L’aprenent autor d’aquestes línies ha tingut la inmensa sort de conèixer i de fer amistat amb grans poetes de gèneros diversos, i no ha gosat mai practicar de tercera mà cortesia de tal calibre. L’obra del malagueny d’arrels catalanes Francisco Fortuny permet rendir el compte pendent.
Entre altres coses, i depenent de l’aspecte que es consideri, la poesia és l’art d’escriure seguint un ritme, que pot ser de natures diverses, i això i el color de les imatges l’acosta a la música i a la pintura. La disciplina d’aquest ritme, vulgarment coneguda com a «mètrica», és el que formalment diferencia la poesia de la prosa, tot i que la frontera és objecte d’un variat espectre de desdibuixaments, i en casos radicals però gens infreqüents s’arriba a dir que no hi ha tal frontera.
L'ús de la mètrica té un aspecte fascinant, i segurament el nucli de l’essència de la poesia: la conjunció amb la sintaxi. Els grans poetes es coneixen per ser capaços de fer que lectores i lectors surtin dels seus textos transformats –per enriquiment, consol o trasbals. I també per l’habilitat –pel do?– de fondre mètrica i sintaxi en una sola operació.
En aquests dos trets, Francisco Fortuny es revela magistral. Posseeix la tècnica dels grans mestres del Segle d’Or espanyol, i els continguts són d’una actualitat que s’endinsa en l’anticipació. De forma estranyament constant exhibeix la fascinant habilitat per conciliar saviesa del vers tradicional amb espasmes i funambulsimes de postmodernismes, tardohumanismes i altres ecosistemes sorgits de la ciència i el pensament. Els accents li respiren amb les idees, amb les imatges. La seva poesia té arrels tan profundes i es projecta tan endavant que no sembla arriscat dir-ne intemporal.
Nietzsche, immisericorde regirador del pensament occidental, era professor de filologia clàssica; Fortuny verseja com Góngora i parla fins i tot de física de partícules. Deixem constància dels llibres de poesia Casandra maudite, Sapere aude raps, Horación, Fata Morgana o Los efectos de la causa, Fuera de sí y otros poemas extensos, i Gaya ciencia y otros poemas anteriores; de la novel•la Ventura Egea, i també la Fuente de Proteo, i de l’obra de teatre Tres dramas subversivos.
Es pot dubtar de la existencia del tot i de qualsevol. Si es resol en afirmatiu, Fortuny és il miglior fabbro, certament.

MIQUEL DE PALOL

 

lunes, 17 de octubre de 2022

Preludio a Las Microépicas de F. Fortuny (en prensa)

En los tiempos que corren, los corrientes, cuando se habla de poesía, parece que todo el mundo, o la mayoría, piensa en, o la reduce a, poesía lírica. Es decir: la que en origen se compuso para ser cantada al son de una lira. Lo cual entra en contradicción con el hecho de que mucho inculto crea despectivo, o en tal sentido lo use, el término versificador, o incluso despreciable la actividad de la persona que, como yo, se precia sin falsa humildad de serlo a conciencia.

  (Y eso que ya en el siglo pasado el gran poeta Valery dejó dicho en sus Cahiers que él prefería auto-aludirse como versificador antes que como poeta, porque lo 1º se sabe qué es, mas no así lo 2º).

  Pero póngale usted música (de lira o de cualquier otro instrumento) a la prosa. Que, si lo consigue, terminará haciendo versos.

  Es como si se creyera que por el mero hecho de no ser versificador, de no escribirse en verso, ya se estuviera haciendo poesía. Razón por la cual hasta una sentencia judicial, y hasta un telegrama, sería ya no sólo poesía, sino poesía lírica. Y, mire usted: como que no. ¿Verdad? La poesía puede hacerse en prosa poética. Lo que significa que esa prosa habrá echado mano de los típicos recursos del verso: puede ser buena, como la prosa de Bécquer o Valle-Inclán, por poner algún ejemplo evidente. Pero eso no la exime de ser una mera imitadora del estilo versal, por no decir cosas peores.

  Son muy escasos hoy en día los casos en que, por otro lado, puede hablarse de poesía narrativa. La hicieron los épicos y los románticos, valga, como muestra, el botón de tan corta lista. Pero ha desaparecido, secuestrada por la casi siempre telegráfica prosa novelesca (incluida la de tanto poeta convencional al uso, galardonado hasta la extenuación, que suele ser prosa como de barato fascículo de kiosco, sometida -en el mejor de los casos- a la pauta de una versificación facilona) o, lo que da la impresión de ser peor: la del cuentista.

  Hasta la poesía lírica, más que expresar sentimiento, que también, refiere siempre algún hecho, por lo que, aunque una sea mera pizca, siempre nos cuenta algo; y, si no fuera así, cómo expresar sentimiento alguno: ¿son posibles los sentimientos sobre nada? ¿Los porque sí?

  De la misma manera, toda poesía narrativa se diferencia de la mera prosa porque, a la vez que nos cuenta con más amplitud y desarrollo que en la lírica una serie de cosas relacionadas -o relatadas-, trasmite algún tipo de emoción, de esa que asociamos al lirismo.

  Válgame el vulgo si se cree que poesía es, y no es más que, y tan sólo, exposición de sentimientos. No sé si se debe hablar de confusión, o, lo que es peor, de ignorancia, pero la palabra “poesía” es voz griega que significa “producción”: la acción de transformar mediante el trabajo materias primas naturales, en este caso el registro coloquial del lenguaje, en productos más elaborados y complejos, enriquecidos precisamente por ese trabajo o esa labor (trabajo de laborador o labrador, que son la misma palabra en 2 estados evolutivos diferentes), para los cuales se necesita un conocimiento técnico: un arte. Un arte de labrador, de cultivo. O de cultura.

  Desde toda la vida de Dios, los seres humanos se han contado cuentos, incluso cuando su primera intención no era sino comunicar unos hechos objetivos. Siempre cito a este respecto -y no me cansaré de hacerlo, porque es vital de necesidad-, por un lado, la reveladora etimología de la palabra “palabra”, del griego “parabolé”, “parábola”, o sea “rodeo”: ése que damos para hablar de cualquier cosa sin aludir directamente a esa cosa misma de la cual queremos hablar. Y, por otro, la de la misma palabra “hablar”, del latín “fabulare”: contar fábulas, cuentos fabulosos, mitos, palabra esta, “mito”, que en su origen griego venía a significar mera “narración”: cuento. Y de cuento, como se sabe, los mitos tienen lo suyo.

  Y, desde toda la vida del Homo Sapiens, a los hómines sapientes siempre les ha encantado cantar, cosa que ha siempre encontrado divina, y de ahí el eterno simbolismo del pájaro que trina y vuela, remitido siempre al concepto de elevación. Y, por contagiosa metonimia, el Canto ha sido relacionado siempre con el Ala o las Alas que nos llevan a las alturas. Cuando cantamos, no elevamos por encima de la normalidad.

  Como los ángeles (verbigracia).

  Por eso siempre he detestado la aseveración que define la poesía postvanguardista como el resultado de una normalización. Porque hay que preguntarse: normalización ¿conforme a qué Norma? ¿La de la coloquialidad de la conversación usual? Pues vale: me parece legítimo. Pero también y por ende, muy poco elevado. Parece que la poesía actual quiere volar, sí, pero con un vuelo tan rasante que, a veces, las más, no se distingue de una mera -y terrenísima- charla de salón mundano. O de bar. Y ojo: no es que el uso de coloquialismos en poesía no sea lícito. Lo es: pero siempre que esté al servicio de la elevación del tono por encima de la Norma usual, que se ha vuelto obligatoria, como antes lo fue la preceptiva literaria de la que quisieron deshacerse los vanguardistas.

  Las vanguardias están viejas, y hay que superarlas: cierto. ¿Pero cómo? Pues no hay otro medio ni remedio: echando un ojo a las retaguardias o, al menos, a lo que hubo antes de esa modernización, que fue más destructiva que constructora. Pero la normalización de la poesía no puede consistir en su acercamiento a la prosa coloquial, y aun en identidad o identificación con ella, que es lo que suele hacerse por regla general, porque entonces nos quedamos sin lo específico de la poesía, que es su música, que es de entre las Artes la más pura.

  Y aquí debe recordarse que el poema y el canto nacieron juntos.

  Hoy parece que es como si música y poesía, al menos si nos referimos sólo a la música culta, esa que llaman “clásica” y que a menudo no es clásica, sino barroca o romántica, etc., se hubieran independizado la una de la otra, pero no es así en absoluto: lo que tiene de hermoso -y nos conmueve de- la mera música instrumental es su poesía; y lo que tiene de hermoso y conmovedor un poema que lo sea es su música, si bien es cierto que esa música también tiene que ser en cierto modo una música de la ideas: estamos hablando de Harmonía. Y la armonía esta siempre relacionada con el Contrapunto, gran reto de cualquier poeta que aspire a producir música con los significados, meta tan utópica que, con frecuencia, nos conformamos con la música de los significantes, siendo así que estos suenan y aquellos no.

  Esa música, obvio, no está sólo en la métrica, la estrofa o la rima, o en la disposición de los acentos más o menos bien o mal dispuestos en su aproximada distancia, como suele suceder con los mejores versos libres: también debe estarlo en al fraseo de los contenidos, en las simetrías sintácticas, en las homofonías fonéticas y fonológicas. Y en la isodistribución de todas las figuras, también aquellas que podamos figurarnos, o imaginarnos con nuestra imaginación e incluso nuestra fantasía, además de las que figuren en lo que podríamos llamar preceptiva del Arte de Figuración. O Arte del Sentido Figurado. Que es la Música del Sentido. Que siempre es imaginario, aunque no siempre fantástico, como realmente fantástica es la misma Realidad, cosa que no solemos ver cuando la miramos con las prismáticas lentes empíricas de nuestra visión cotidiana -o normal- de los hechos y las cosas (piénsese en la Relatividad de Einstein o en las paradojas de la eficientísima Mecánica Cuántica, gracias a la cual de algo me sirve teclear en este ordenador).

  Se dice que la música amansa a la fieras, lo cual no es científicamente cierto, a no ser que el aserto se refiera sólo a la fieras humanas, porque humano en exclusiva es el don del ritmo y la melodía cuando corren parejas con la voz que las entona pronunciando palabras que nos cuentan cosas y hechos interesantes.

  Por supuesto que yo no presumo de haber conseguido todo esto en los poemas que aquí se publican, pero ésa sido mi aspiración y, si no la he alcanzado, al menos lo he intentado, y me parece que no alcanzar una meta inalcanzable y quedarse en el camino es acto de heroica dignidad, sobre todo si ese camino es el ambicioso camino a la Poética Utopía.

  Cosa que me parece que ni siquiera se plantea tantísimo poeta al uso, galardonado hasta la extenuación.

 

Escribir poemas narrativos ha sido para mí un experimento y un desafío.

  Siempre me ha gustado hacer poemas largos en verso, y siempre había escrito narraciones, pero pocas veces, si bien creo que significativas, al menos para mí, había escrito narraciones en verso.

  Fue cuando tuve la oportunidad de leer un poema en octavas reales sobre la vida de Yuri Gagarin, el primer astronauta, incluido en El llanto del Demiurgo, de Ramiro Rosón, luego publicado en esta colección, cuando se me contagió el gusanillo de poner en verso cierta ideas de potenciales narraciones que no me habían querido salir en prosa.

  Para el primer poema de los aquí incluidos, “La Bethelíada”, me basé en la biografía aún no, por desgracia, escrita de una personaje real, que sin embargo ha tenido la amabilidad de no existir en el poema: quiero decir que si la vida de mi siempre amiga y hoy compañera, la poeta Isabel Pérez Montalbán, me ha servido de inspiración, la personaje protagonista del poema no es ni puede ser ella misma, porque el asunto lo he desarrollado, pese a su realismo, según los fundados caprichos de mi propia fantasía, poniendo y quitando elementos biográficos en función de un mayor dramatismo. He querido que tenga un toque final como de cuento de hadas: aquello de: y fueron felices y…

  En el 2º, “La Ciberquijotea”, he sido aún más ambicioso: me ha basado en Cervantes y en su Quijote, mirando de cerca el Amadís de Gaula, dándole la vuelta a su metafísica, o a la que es común en las interpretaciones catedráticas, con un añadido zoroástrico o mazdéista también invertido sobre la lucha cósmica de Ormuzd y Ahrimán, o del Bien y el Mal: la verdadera realidad no es la que ven Sancho y el realismo empírico: aquí lo real de verdad es la visión de don Quijote, esa locura visionaria que le lleva, lanza en ristre, a reclamar Justicia para los desposeídos y los débiles: los menesterosos, las viudas y los huérfanos. Y en ese mundo de inversión metafísica de pura ficción fantástica, por una vez en la Historia de la Humanidad, he querido que no pierda, como siempre, el Bueno.

  En el siguiente, “Cuando los Dioses curraban…”, me he basado en los estudios y ediciones del erudito Jean Bottéro, en especial en su monumental e imprescindible Cuando los dioses hacían de hombres, sobre los antiguos poemas mesopotámicos, casi todos de origen sumerio, si bien con muchos añadidos de mi cosecha propia en un intento de hacer valer la universalidad de tan arcaicos arquetipos míticos, todavía activos, al menos según Jung, en nuestro actual inconsciente colectivo.

  Si la “Fábula de Hispán” hace uso del simbolismo de la Caverna Platónica, no es más que sólo, o sobre todo, para comentar el estado de inconsciencia política a que en nuestros tiempos los medios de incomunicación y desinformación tienen sometidos, ya no sólo al vulgo o a las masas, sino a incluso ciertos intelectuales de pro que todavía no se han decidido a liberarse de la sistemática mentira propagandística televisionaria, cuyas víctimas son, y somos todos: “¡Es tan difícil ser plenamente consciente!” Es más fácil dejarse llevar… Y hay momentos en que todos, yo el primero, sucumbimos a esa suerte mala de pereza. (Mi único mérito es que uno padece una casi enfermiza compulsión obsesiva por localizar sus errores y corregirlos, cosa que me da cierta ventaja sobre el común, al precio de caer con frecuencia en estados depresivos, con otras consecuencias que de ellos se derivan).

  Por fin, la fantasía “Fábula del nuevo trovador” es una, en todos los sentidos de la palabra, fuga, tomada de la Comedia dantesca.

 

  Es evidente que todos los poemas aquí reunidos tienen un viso de byroniano malditismo. Lo cual, a estas alturas, no sería más que una grosera chabacanería demodé, si no fuera porque dicho malditismo es radicalmente actual: el pueblo español, que es el mío, por influencia mediática manipulada y manipuladora, se está neo-ultra-derechizando demasiado y, para la mayoría de los posibles lectores, apostar por una izquierda con programa socialdemócrata (llamado con malicia “socialcomunista”, para asustar al ignorante que, tratándose de ciencia política, lo es casi todo el mundo), es lo mismo que apoyar al demonio pinchapapas. Y hete ahí mi solitario -y solidario- malditismo luciferino: el de llevarle la contraria a ese canon ideo-mito-ilógico estándar y vigente, que defiende la Bondad del Latrocinio Neoliberal de derechas, vestido de remedio contra el maléfico e inexistente diablo rojo: puestos a eso, más prefiero yo pinchar a todos los papas y popes y gurúes que haga falta antes que ponerme de parte de (ni tan siquiera ser indiferente ante) cualquier nueva y actual versión o tentativa -o tendencia al- del “divino” y criminal nazi-fascismo.