En los tiempos que corren, los
corrientes, cuando se habla de poesía, parece que todo el mundo, o la mayoría,
piensa en, o la reduce a, poesía lírica.
Es decir: la que en origen se compuso para ser cantada al son de una lira. Lo cual entra en contradicción con
el hecho de que mucho inculto crea despectivo, o en tal sentido lo use, el
término versificador, o incluso
despreciable la actividad de la persona que, como yo, se precia sin falsa
humildad de serlo a conciencia.
(Y
eso que ya en el siglo pasado el gran poeta Valery dejó dicho en sus Cahiers que él prefería auto-aludirse
como versificador antes que como poeta, porque lo 1º se sabe qué es, mas no así
lo 2º).
Pero
póngale usted música (de lira o de cualquier otro instrumento) a la prosa. Que,
si lo consigue, terminará haciendo versos.
Es
como si se creyera que por el mero hecho de no ser versificador, de no escribirse
en verso, ya se estuviera haciendo poesía. Razón por la cual hasta una
sentencia judicial, y hasta un telegrama, sería ya no sólo poesía, sino poesía
lírica. Y, mire usted: como que no. ¿Verdad? La poesía puede hacerse en prosa
poética. Lo que significa que esa prosa habrá echado mano de los típicos recursos
del verso: puede ser buena, como la prosa de Bécquer o Valle-Inclán, por poner
algún ejemplo evidente. Pero eso no la exime de ser una mera imitadora del
estilo versal, por no decir cosas peores.
Son
muy escasos hoy en día los casos en que, por otro lado, puede hablarse de
poesía narrativa. La hicieron los épicos y los románticos, valga, como muestra,
el botón de tan corta lista. Pero ha desaparecido, secuestrada por la casi
siempre telegráfica prosa novelesca (incluida la de tanto poeta convencional al
uso, galardonado hasta la extenuación, que suele ser prosa como de barato fascículo
de kiosco, sometida -en el mejor de los casos- a la pauta de una versificación
facilona) o, lo que da la impresión de ser peor: la del cuentista.
Hasta
la poesía lírica, más que expresar sentimiento, que también, refiere siempre
algún hecho, por lo que, aunque una sea mera pizca, siempre nos cuenta algo; y,
si no fuera así, cómo expresar sentimiento alguno: ¿son posibles los
sentimientos sobre nada? ¿Los porque sí?
De
la misma manera, toda poesía narrativa se diferencia de la mera prosa porque, a
la vez que nos cuenta con más amplitud y desarrollo que en la lírica una serie
de cosas relacionadas -o relatadas-, trasmite algún tipo de emoción, de esa que
asociamos al lirismo.
Válgame
el vulgo si se cree que poesía es, y no es más que, y tan sólo, exposición de
sentimientos. No sé si se debe hablar de confusión, o, lo que es peor, de
ignorancia, pero la palabra “poesía” es voz griega que significa “producción”:
la acción de transformar mediante el trabajo materias primas naturales, en este
caso el registro coloquial del lenguaje, en productos
más elaborados y complejos, enriquecidos precisamente por ese trabajo o esa
labor (trabajo de laborador o
labrador, que son la misma palabra en 2 estados evolutivos diferentes), para
los cuales se necesita un conocimiento técnico: un arte. Un arte de labrador, de
cultivo. O de cultura.
Desde
toda la vida de Dios, los seres humanos se han contado cuentos, incluso cuando
su primera intención no era sino comunicar unos hechos objetivos. Siempre cito
a este respecto -y no me cansaré de hacerlo, porque es vital de necesidad-, por
un lado, la reveladora etimología de la palabra “palabra”, del griego
“parabolé”, “parábola”, o sea “rodeo”: ése que damos para hablar de cualquier
cosa sin aludir directamente a esa cosa misma de la cual queremos hablar. Y,
por otro, la de la misma palabra “hablar”, del latín “fabulare”: contar
fábulas, cuentos fabulosos, mitos, palabra esta, “mito”, que en su origen
griego venía a significar mera “narración”: cuento. Y de cuento, como se sabe, los
mitos tienen lo suyo.
Y,
desde toda la vida del Homo Sapiens,
a los hómines sapientes siempre les ha encantado cantar, cosa que ha siempre encontrado
divina, y de ahí el eterno simbolismo
del pájaro que trina y vuela,
remitido siempre al concepto de elevación.
Y, por contagiosa metonimia, el Canto ha sido relacionado siempre con el Ala o
las Alas que nos llevan a las alturas. Cuando cantamos, no elevamos por encima
de la normalidad.
Como
los ángeles (verbigracia).
Por
eso siempre he detestado la aseveración que define la poesía postvanguardista
como el resultado de una normalización.
Porque hay que preguntarse: normalización ¿conforme a qué Norma? ¿La de la coloquialidad de la conversación usual?
Pues vale: me parece legítimo. Pero también y por ende, muy poco elevado. Parece que la poesía actual
quiere volar, sí, pero con un vuelo tan rasante que, a veces, las más, no se
distingue de una mera -y terrenísima- charla de salón mundano. O de bar. Y ojo:
no es que el uso de coloquialismos en poesía no sea lícito. Lo es: pero siempre
que esté al servicio de la elevación del tono por encima de la Norma usual, que
se ha vuelto obligatoria, como antes lo fue la preceptiva literaria de la que
quisieron deshacerse los vanguardistas.
Las
vanguardias están viejas, y hay que superarlas: cierto. ¿Pero cómo? Pues no hay
otro medio ni remedio: echando un ojo a las retaguardias o, al menos, a lo que
hubo antes de esa modernización, que
fue más destructiva que constructora. Pero la normalización de la poesía no
puede consistir en su acercamiento a la prosa coloquial, y aun en identidad o
identificación con ella, que es lo que suele hacerse por regla general, porque
entonces nos quedamos sin lo específico de la poesía, que es su música, que es de
entre las Artes la más pura.
Y
aquí debe recordarse que el poema y el canto nacieron juntos.
Hoy
parece que es como si música y poesía, al menos si nos referimos sólo a la
música culta, esa que llaman “clásica” y que a menudo no es clásica, sino
barroca o romántica, etc., se hubieran independizado la una de la otra, pero no
es así en absoluto: lo que tiene de hermoso -y nos conmueve de- la mera música
instrumental es su poesía; y lo que tiene de hermoso y conmovedor un poema que
lo sea es su música, si bien es cierto que esa música también tiene que ser en
cierto modo una música de la ideas:
estamos hablando de Harmonía. Y la armonía esta siempre relacionada con el
Contrapunto, gran reto de cualquier poeta que aspire a producir música con los
significados, meta tan utópica que, con frecuencia, nos conformamos con la
música de los significantes, siendo así que estos suenan y aquellos no.
Esa
música, obvio, no está sólo en la métrica, la estrofa o la rima, o en la
disposición de los acentos más o menos bien o mal dispuestos en su aproximada
distancia, como suele suceder con los mejores versos libres: también debe
estarlo en al fraseo de los contenidos, en las simetrías sintácticas, en las
homofonías fonéticas y fonológicas. Y en la isodistribución de todas las
figuras, también aquellas que podamos figurarnos, o imaginarnos con nuestra imaginación e incluso nuestra fantasía,
además de las que figuren en lo que podríamos llamar preceptiva del Arte de
Figuración. O Arte del Sentido Figurado. Que es la Música del Sentido. Que
siempre es imaginario, aunque no siempre fantástico, como realmente fantástica es la misma Realidad, cosa que no solemos ver
cuando la miramos con las prismáticas lentes empíricas de nuestra visión
cotidiana -o normal- de los hechos y las cosas (piénsese en la Relatividad de
Einstein o en las paradojas de la eficientísima Mecánica Cuántica, gracias a la
cual de algo me sirve teclear en este ordenador).
Se
dice que la música amansa a la fieras, lo cual no es científicamente cierto, a
no ser que el aserto se refiera sólo a la fieras humanas, porque humano en
exclusiva es el don del ritmo y la melodía cuando corren parejas con la voz que
las entona pronunciando palabras que nos cuentan cosas y hechos interesantes.
Por
supuesto que yo no presumo de haber conseguido todo esto en los poemas que aquí
se publican, pero ésa sido mi aspiración y, si no la he alcanzado, al menos lo
he intentado, y me parece que no alcanzar una meta inalcanzable y quedarse en
el camino es acto de heroica dignidad, sobre todo si ese camino es el ambicioso
camino a la Poética Utopía.
Cosa
que me parece que ni siquiera se plantea tantísimo poeta al uso, galardonado
hasta la extenuación.
Escribir poemas narrativos ha
sido para mí un experimento y un desafío.
Siempre
me ha gustado hacer poemas largos en verso, y siempre había escrito
narraciones, pero pocas veces, si bien creo que significativas, al menos para
mí, había escrito narraciones en verso.
Fue
cuando tuve la oportunidad de leer un poema en octavas reales sobre la vida de
Yuri Gagarin, el primer astronauta, incluido en El llanto del Demiurgo, de Ramiro Rosón, luego publicado en esta
colección, cuando se me contagió el gusanillo de poner en verso cierta ideas de
potenciales narraciones que no me habían querido salir en prosa.
Para
el primer poema de los aquí incluidos, “La Bethelíada”, me basé en la biografía
aún no, por desgracia, escrita de una personaje real, que sin embargo ha tenido
la amabilidad de no existir en el poema: quiero decir que si la vida de mi siempre
amiga y hoy compañera, la poeta Isabel Pérez Montalbán, me ha servido de
inspiración, la personaje protagonista del poema no es ni puede ser ella misma,
porque el asunto lo he desarrollado, pese a su realismo, según los fundados
caprichos de mi propia fantasía, poniendo y quitando elementos biográficos en
función de un mayor dramatismo. He querido que tenga un toque final como de
cuento de hadas: aquello de: y fueron felices y…
En
el 2º, “La Ciberquijotea”, he sido aún más ambicioso: me ha basado en Cervantes
y en su Quijote, mirando de cerca el Amadís
de Gaula, dándole la vuelta a su metafísica, o a la que es común en las
interpretaciones catedráticas, con un añadido zoroástrico o mazdéista también
invertido sobre la lucha cósmica de Ormuzd y Ahrimán, o del Bien y el Mal: la
verdadera realidad no es la que ven Sancho y el realismo empírico: aquí lo real
de verdad es la visión de don Quijote, esa locura visionaria que le lleva,
lanza en ristre, a reclamar Justicia para los desposeídos y los débiles: los
menesterosos, las viudas y los huérfanos. Y en ese mundo de inversión metafísica
de pura ficción fantástica, por una vez en la Historia de la Humanidad, he
querido que no pierda, como siempre, el Bueno.
En
el siguiente, “Cuando los Dioses curraban…”, me he basado en los estudios y
ediciones del erudito Jean Bottéro, en especial en su monumental e imprescindible
Cuando los dioses hacían de hombres,
sobre los antiguos poemas mesopotámicos, casi todos de origen sumerio, si bien
con muchos añadidos de mi cosecha propia en un intento de hacer valer la
universalidad de tan arcaicos arquetipos míticos, todavía activos, al menos
según Jung, en nuestro actual inconsciente colectivo.
Si
la “Fábula de Hispán” hace uso del simbolismo de la Caverna Platónica, no es
más que sólo, o sobre todo, para comentar el estado de inconsciencia política a
que en nuestros tiempos los medios de incomunicación y desinformación tienen
sometidos, ya no sólo al vulgo o a las masas, sino a incluso ciertos
intelectuales de pro que todavía no se han decidido a liberarse de la
sistemática mentira propagandística televisionaria, cuyas víctimas son, y somos
todos: “¡Es tan difícil ser plenamente consciente!” Es más fácil dejarse
llevar… Y hay momentos en que todos, yo el primero, sucumbimos a esa suerte mala
de pereza. (Mi único mérito es que uno padece una casi enfermiza compulsión obsesiva
por localizar sus errores y corregirlos, cosa que me da cierta ventaja sobre el
común, al precio de caer con frecuencia en estados depresivos, con otras
consecuencias que de ellos se derivan).
Por
fin, la fantasía “Fábula del nuevo trovador” es una, en todos los sentidos de
la palabra, fuga, tomada de la Comedia
dantesca.
Es
evidente que todos los poemas aquí reunidos tienen un viso de byroniano malditismo.
Lo cual, a estas alturas, no sería más que una grosera chabacanería demodé, si no fuera porque dicho
malditismo es radicalmente actual: el pueblo español, que es el mío, por
influencia mediática manipulada y manipuladora, se está neo-ultra-derechizando
demasiado y, para la mayoría de los posibles lectores, apostar por una
izquierda con programa socialdemócrata (llamado con malicia “socialcomunista”,
para asustar al ignorante que, tratándose de ciencia política, lo es casi todo
el mundo), es lo mismo que apoyar al demonio pinchapapas. Y hete ahí mi
solitario -y solidario- malditismo luciferino: el de llevarle la contraria a ese
canon ideo-mito-ilógico estándar y vigente, que defiende la Bondad del
Latrocinio Neoliberal de derechas, vestido de remedio contra el maléfico e
inexistente diablo rojo: puestos a eso, más prefiero yo pinchar a todos los
papas y popes y gurúes que haga falta antes que ponerme de parte de (ni tan siquiera
ser indiferente ante) cualquier nueva y actual versión o tentativa -o tendencia
al- del “divino” y criminal nazi-fascismo.