I. (Prehistoria.)
La guerra fue un invento de primates.
En la sabana de África, primero,
fueron presa de fieras, cuyo fuero
no aconsejaba mantener combates
con ellas, sino fuga -a flojos cates
no podían vencer, al tener cero
defensas en el cuerpo-, y carroñero
hubo de ser sü hábito, gaznates
espantando de buitres que el cadáver
con su giro indicaban, y un satánico
terror sentían ante la amenaza
del canino y la zarpa; luego el Fáber,
pasó de presa a fiera, ya su pánico
conjurado, y se dio a la cruenta caza.
II. (Protohistoria.)
E inventaron motivos de conjuro:
la vergüenza ante el grueso de la horda
y el sacrificio en nombre de la gorda
barriga del cacique, y el seguro
de la inmortalidad, si como el uro
usaban cuernos -de artificio-, sorda
la aldea al miedo al son del ¡sursum corda!
todas las almas una, tras su muro,
contra bestias más grandes y más fuertes,
y ese otro bicho extraño que era el hombre
ajeno, aunque vecino de su tierra.
Glorificaron sus valientes muertes,
no en nombre del saqueo, sí en el nombre
de dios, la patria, el rey: e hicieron guerra.
Y III. (Historia.)
Y ahí seguimos. Nuestra valentía
desprecia al pacifista. La defensa
de la Patria y el Jefe no se piensa
que tenga alternativa. Viene el Día
de la Ira: a matar a sangre fría
y a morir por salvar nuestra despensa
que nos mantiene vivos, cuya inmensa
mayor parte el Ladrón nos la vacía.
Nos preda el enemigo, que antes era
el Partido de, electo, un nazi cómico,
que para más vergüenza es un judío.
¿No llegará jamás la primavera
de la paz? ¿Viene ya el invierno atómico?
Ay amor: yo me muero ya de frío.