martes, 22 de marzo de 2022

ARDOR GUERRERO

I. (Prehistoria.)

 

La guerra fue un invento de primates.

En la sabana de África, primero,

fueron presa de fieras, cuyo fuero

no aconsejaba mantener combates

            con ellas, sino fuga -a flojos cates

no podían vencer, al tener cero

defensas en el cuerpo-, y carroñero

hubo de ser sü hábito, gaznates

            espantando de buitres que el cadáver

con su giro indicaban, y un satánico

terror sentían ante la amenaza

            del canino y la zarpa; luego el Fáber,

pasó de presa a fiera, ya su pánico

conjurado, y se dio a la cruenta caza.

 

II. (Protohistoria.)

 

E inventaron motivos de conjuro:

la vergüenza ante el grueso de la horda

y el sacrificio en nombre de la gorda

barriga del cacique, y el seguro

            de la inmortalidad, si como el uro

usaban cuernos -de artificio-, sorda

la aldea al miedo al son del ¡sursum corda!

todas las almas una, tras su muro,

            contra bestias más grandes y más fuertes,

y ese otro bicho extraño que era el hombre

ajeno, aunque vecino de su tierra.

            Glorificaron sus valientes muertes,

no en nombre del saqueo, sí en el nombre

de dios, la patria, el rey: e hicieron guerra.

 

 

Y III. (Historia.)

 

Y ahí seguimos. Nuestra valentía

desprecia al pacifista. La defensa

de la Patria y el Jefe no se piensa

que tenga alternativa. Viene el Día

            de la Ira: a matar a sangre fría

y a morir por salvar nuestra despensa

que nos mantiene vivos, cuya inmensa

mayor parte el Ladrón nos la vacía.

            Nos preda el enemigo, que antes era

el Partido de, electo, un nazi cómico,

que para más vergüenza es un judío.

            ¿No llegará jamás la primavera

de la paz? ¿Viene ya el invierno atómico?

Ay amor: yo me muero ya de frío.