Postfacio a Desdoblament, de Miquel de Palol.
Bartleby Ed., Madrid, 2021
Es sabido por la ciencia cognitiva que el Yo es una ilusión producto de ciertos neuro-bucles que lo alumbran a modo de fantasmal epifenómeno y, sin embargo, esa ilusión es la cosa que más ilusión nos hace mantener con vida: tanto es nuestro amor propio por esa persona o máscara sin interior real, como no sea cierto conjunto funciones de la masa cerebral y sus ramificaciones nerviosas.
Entrado en el otoño biográfico de una vejez aún vital frente a la muerte, este gran poeta catalán, más conocido en castellano y en otras lenguas a las que se lo ha traducido como ingente novelista de singular originalidad y carga semántica trascendental, se pregunta sobre la naturaleza de ese iluso algo, encarando la paradójica esencia de esa nada, de su ser una nada que vive experimentándose en propia conciencia, que es también un fantasma, por cuanto es manifestación aparente, e innecesaria de hecho, para el funcionamiento del organismo que parece dirigir; si bien estamos hablando desde una perspectiva que no acabamos de compartir en plenitud ni en toda su panorámica amplitud hegemónica: la del cientifismo vigente, cuya modélica base es la concepción del análisis experimental como única vía de conocimiento legítimo. Porque es obvio que la separación analítica de las unidades que compongan el organismo, tan fructífera en el mundo de la materia inerte y, sobre todo de los sólidos, deja, si no mucho, algo que desear cuando se la aplica a los seres vivos, habida cuenta de que no se tienen en suficiente cuenta las conexiones que sí que podrían dar mejor cuenta del quid o el ser de esas esencias fantasmales (la conciencia, el ego) que resultan a la fuerza evanescentes para la investigación técnica por descomposición de la sustancia biológica y neural analizada, precisamente porque produce ante nuestros ojos de la razón la desintegración de lo que a los de nuestra experiencia nos parece evidente: Yo soy íntegramente Consciente de qué pienso y siento, tanto con los sentidos externos como los del corazón o el espíritu.
Nunca ningún analista encontró un alma (ánima en latín, en griego psique) en ningún cuerpo orgánico vivo, porque el análisis siempre será ciego, o al menos muy miope, para todo fenómeno cuya causa radique o se ubique (del latín ubique: en todas partes -o partículas-) en los Nexos o Relaciones antes que en los Objetos materiales. Porque la vida, y la conciencia y el pensamiento y la inteligencia, no es una Cosa sino una Función de los conglomerados atomísticos, moleculares y celulares que integran todo cuerpo organizado según la tendencia o impulso sistémico de la bio-energía natural o cósmica. Y las conexiones, relaciones y funciones no están tanto en las partes materiales como entre la partes meta-materiales, o inter-actividades, de las mismas.
Es como en la sociedad y las sociedades: la comunicación que la, o las, hace, o hacen, posible, o posibles, no está, aunque se sirva de ella, en la materia de los cuerpos aislados: el Mensaje no es materia, sino significación y Sentido.
Los griegos, desde los presocráticos eleáticos y atomistas y otros en adelante, entendieron el Ser como ser-de-la-cosa, y así, bien o mal o regular, o como sea, nos ha ido, y traído a la actualidad del presente, y no cayeron en la cuenta, o no le dieron su justa y suficiente importancia, de que el verbo ser es copulativo y la cópula es una función sintáctica que une o relaciona un sujeto con sus atributos, por lo que acaso sólo sea una nueva ontología de la función copulativa lo que podría explicar de alguna aún ignota manera la aparente paradoja de la autoconciencia: el alma no existe desde el punto de vista de la Descomposición objetiva, pero sí, posiblemente, desde la perspectiva la Integración Orgánica.
Mientras tanto el Poeta, ensimismado en su auto-contemplación, se pregunta por el sentido heideggeriano de su ser-para-la-muerte. Y reflejándose reflexivamente en el espejo vivo y sensible, que es plural (no hay un solo Yo) de su conciencia, contrasta sus perspectivas internas con la supuesta realidad de las cosas, que sólo son lo que son, hasta donde podemos kantianamente saber, en tanto que percibidas por la misma conciencia del poeta que se cuestiona la raíz existencial de su ego -y de sí misma en tanto que conciencia de sí.
Juego de espejos enfrentados, con su tris de desvío, en los que la imagen vacía se multiplica (como por su propio 0 necesario) ad absurdum-, lo cual la deja igual a 0, a la vez que se divide por dicha cifra, resultando, por ende, un infinito de ¿Qué? Pregunta trascendental por los fundamentos ontológicos de la existencia consciente del humano.
Es evidente que este monumental poemario de Miquel de Palol alcanza, desde la angustia serena de su planteamiento identitario, por su novedosa profundidad, la dimensión de lo Trascendental.
Nuestra traducción, siguiendo las indicaciones y deseos del autor, ha oscilado sintéticamente entre una fidelidad literal que evite la pérdida de los sentidos y sinsentidos de su logos anfibologico o polisémico y, a su vez, paradójico, por un lado, y por otro, la reconstrucción en castellano de los efectos estilísticos, entre neovanguardistas y neotradicionales, que laten patentes en el original, echando, eso sí, humilde mano a los recursos que nos son más propios como propios poetas, por lo pedimos excusas al poeta, del que nos hemos apropiado impropiamente, por las siempre bienintencionadas traiciones que toda traducción implica.